Monday, August 14, 2006

Del deber de la desobediencia civil


Del deber de la desobediencia civil
Por Henry David Thoreau

Pero junto con ese asceta casi convertido en santo que describe con poesía y acuciosidad la diversidad de fenómenos del bosque en íntima comunión con la naturaleza, existe otro Thoreau, el original pensador y revolucionario que prefirió la cárcel a pagar impuestos que consideraba injustos, que denunció la ignominiosa guerra de 1847 contra México y que estableció el principio de que "bajo un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el lugar indicado para el justo es también la prisión"

Hernán Lara Zavala


Acepto de todo corazón la máxima: "El mejor gobierno es el que gobierna menos", y me gustaría verlo puesto en práctica de un modo más rápido y sistemático. Pero al cumplirla resulta, y así también lo creo, que "el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto" y, cuando los hombres estén preparados para él, ése será el tipo de gobierno que tendrán. Un gobierno es, en el mejor de los casos, un mal recurso, pero la mayoría de los gobiernos son, a menudo, y todos, en cierta medida, un inconveniente. Las objeciones que se han hecho a un ejército permanente (que son muchas, de peso, y merecen tenerse en cuenta), pueden imputarse al gobierno como institución. El ejército permanente es sólo un brazo de ese gobierno. El gobierno por sí mismo, que no es más que el medio elegido por el pueblo para ejecutar su voluntad, es igualmente susceptible de originar abusos y perjuicios antes de que el pueblo pueda intervenir. El ejemplo lo tenemos en la actual guerra con México, obra de relativamente pocas personas que se valen del gobierno establecido como de un instrumento, a pesar de que el pueblo no habría autorizado esta medida.

Este gobierno de Estados Unidos, ¿qué es sino una tradición, aunque muy reciente por cierto, que lucha por proyectarse hacia la posteridad sin deterioro, pese a ir perdiendo parte de su integridad a cada instante? No tiene ni la vitalidad ni la fuerza de un solo hombre, ya que un solo hombre puede plegarlo a su voluntad. Es una especie de fusil de madera para el pueblo mismo. Sin embargo, no es por ello menos necesario; el pueblo ha de tener alguna que otra complicada maquinaria y oír así su idea de gobierno. De este modo los gobiernos evidencian cuán fácilmente se puede instrumentalizar a los hombres, o pueden ellos instrumentalizar al gobierno en beneficio propio. Excelente, debemos reconocerlo. Tan es así que este gobierno por sí mismo nunca promovió empresa alguna y en cambio sí mostró cierta tendencia a extralimitarse en sus funciones. Esto no hace que el país sea libre. Esto no consolida al Oeste. Esto no educa. El propio temperamento del pueblo estadunidense es el que ha conquistado todos sus logros hasta hoy y hubiera conseguido muchos más si el gobierno no se hubiera interpuesto a menudo en su camino. Y es que el gobierno es un mero recurso por el cual los hombres intentan vivir en paz; y, como ya hemos dicho, es más ventajoso el que menos interfiere en la vida de los gobernados. Si no fuera porque el comercio y los negocios parecen rebotar como el caucho, jamás lograrían salvar los obstáculos que los legisladores les interponen continuamente y, si tuviéramos que juzgar a estos hombres únicamente por las repercusiones de sus actos y no por sus intenciones, merecerían ser castigados y tratados como a los delincuentes que ponen obstáculos en las vías del ferrocarril.

Pero, para hablar con sentido práctico y como ciudadano, a diferencia de los que se autodenominan contrarios a la existencia de un gobierno, solicito, no que desaparezca el gobierno, sino un mejor gobierno de inmediato. Dejemos que cada hombre manifieste qué tipo de gobierno tendría su confianza y ése sería un primer paso en su consecución.

Después de todo, la auténtica razón por la cual, una vez que el poder está en manos del pueblo, la mayoría acceda al gobierno y se mantenga en él por un largo periodo, no es porque esa mayoría posea la verdad ni porque la minoría lo considere más justo, sino porque físicamente son los más fuertes. Pero un gobierno en el que la mayoría decida en todos los temas no puede funcionar con justicia, al menos tal como entienden los hombres la justicia. ¿Acaso no puede existir un gobierno donde la mayoría no decida virtualmente lo que está bien o mal, sino que sea la conciencia quien lo haga?, ¿donde la mayoría decida sólo en aquellos temas en los cuales sea aplicable la norma de conveniencia? ¿Debe el ciudadano someter su conciencia al legislador por un solo instante, aunque sea en la mínima medida? Entonces, ¿para qué tiene cada hombre su conciencia? Creo que deberíamos ser hombres primero y ciudadanos después. Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo. Se ha dicho, y con razón, que una sociedad mercantil no tiene conciencia; pero una sociedad formada por hombres con conciencia es una sociedad con conciencia. La ley nunca hizo a los hombres más justos y, debido al respeto que les infunde, aún los bien intencionados se convierten a diario en agentes de la injusticia. Una consecuencia natural y muy frecuente del respeto indebido a la ley es que uno puede ver una fila de soldados rasos, artilleros, todos marchando con un orden admirable por colinas y valles hacia el frente de batalla en contra de su voluntad, ¡sí!, contra su conciencia y su sentido común, lo que hace que la marcha sea más ardua y se les sobrecoja corazón. No dudan que están involucrados en una empresa infame; todos ellos son partidarios de la paz. Entonces, ¿qué son: hombres o, por el contrario, pequeños fuertes y polvorines móviles al servicio de cualquier mando militar sin escrúpulos? Visítese un arsenal y obsérvese a un infante de marina, eso es lo que puede hacer a un hombre el gobierno estadunidense, o lo que podría hacer un hechicero: una mera sombra y remedo de humanidad; en apariencia es un hombre vivo y erguido, pero mejor diríamos que está enterrado bajo las armas con honores fúnebres y bien podría decirse:

"No se oían tambores, ni himnos funerarios cuando llevamos su cadáver rápidamente al baluarte; ningún soldado disparó salvas de despedida sobre la tumba en que enterramos a nuestro héroe."

De este modo la masa sirve al Estado, no como hombres sino básicamente como máquinas, con sus cuerpos. Ellos forman el ejército constituido y la milicia, los carceleros, la policía, los ayudantes del alguacil, etcétera. En la mayoría de los casos no ejercitan la libertad ni la crítica ni el sentido moral sino que se igualan a la madera, a la tierra y a las piedras, e inclusive se podrían fabricar hombres de madera que hicieran el mismo servicio. Tales individuos no infunden más respeto que los hombres de paja o los terrones de arcilla. No tiene más valor que los caballos y los perros, y sin embargo se les considera, en general, buenos ciudadanos. Otros, como muchos legisladores, políticos, abogados, clérigos y funcionarios, sirven al Estado fundamentalmente con sus cabezas y, como casi nunca hacen distinciones morales, son capaces de servir tanto al diablo, sin pretenderlo, como a Dios. Unos pocos, como los héroes, los patriotas, los mártires, los reformadores en un sentido amplio, y los hombres sirven al Estado además con sus conciencias y, por tanto, las más de las veces se enfrentan a él y, a menudo, se les trata como enemigos. Un hombre prudente sólo será útil como hombre, y no aceptará ser "arcilla" y "tapar un agujero para detener al viento", sino que dejará esa tarea a los otros:

"Soy de estirpe demasiado elevadapara convertirme en esclavo,en un subalterno sometido a tutela,en un servidor dócil, en instrumentode cualquier Estado soberano del mundo."

Al que se entrega por completo a los demás se le toma por inútil y egoísta; pero al que se entrega sólo en parte, se le considera benefactor y filántropo.

¿Cómo le corresponde actuar a un hombre frente al gobierno estadunidense hoy? Le respondo que no podemos asociarnos con él y mantener nuestra dignidad. No puedo reconocer, ni por un instante, que esa organización política sea mi gobierno y al mismo tiempo el gobierno de los esclavos.

Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución, es decir, el derecho a negar su obediencia y a oponerse al gobierno cuando su tiranía o su ineficiencia sean desmesuradas e insoportables. Pero la mayoría afirma que ese no es el caso actual, aunque sí fue el caso, dicen, en la revolución de 1775. Si alguien me dijera que aquel fue un mal gobierno porque gravó ciertas mercancías extranjeras llegadas a sus puertos, seguramente no me hubiera inmutado, puesto que puedo vivir sin ellas. Toda máquina experimenta fricción, pero es probable que se trate de un mal menor y contrarreste otros males. En ese caso, sería un gran error mover un dedo para evitarlo. Pero cuando la fricción se convierte en su propio fin, y la opresión y el robo están organizados, les digo: "hagamos desaparecer esa máquina". En otras palabras, cuando una sexta parte de la población de una nación que se ha comprometido a ser refugio de la libertad está esclavizada, y todo un país está injustamente subyugado y conquistado por un ejército extranjero y sometido a la ley militar, creo que ha llegado el tiempo de que los hombre honrados se rebelen y se subleven. Y este deber es tanto más urgente por cuanto que el país así ultrajado no es el nuestro, sino que el nuestro es el invasor.

Paley, reconocida autoridad en temas morales, en un capítulo sobre "Deber de obediencia al gobierno civil", reduce toda obligación ciudadana al grado de conveniencia (William Paley, 1743-1805. La obra a la que alude Thoreau es Principios de filosofía moral y política), y aclara:

"…mientras el interés de la sociedad entera lo requiera, es decir, mientras la institución del gobierno no se pueda cambiar o rechazar sin inconvenientes públicos, es la voluntad de Dios que se obedezca a ese gobierno, pero no más allá (…) Admitido este principio, la justicia de cada caso específico de rebelión se reduce a calcular por un lado la proporción de peligro y de daño y, por el otro, la probabilidad y costo de corregirlo."

A continuación nos dice, que cada hombre debe juzgar por sí mismo. Pero parece que Paley nunca contempló aquellos casos en los que la regla de conveniencia no es aplicable, es decir, cuando un pueblo, o un solo individuo, debe hacer justicia, cueste lo que cueste. Si le he arrebatado injustamente una tabla al hombre que se ahoga, debo devolvérsela aunque yo me ahogue. Esto, según Paley, sería inconveniente. Aquel que salve su vida en tal forma, la perderá. Este pueblo debe dejar de tener esclavos y de luchar contra México, aunque le cueste su propia existencia como pueblo.

Por experiencia propia, muchas naciones están de acuerdo con Paley, pero, ¿acaso alguien cree que Massachusetts está haciendo lo correcto en la crisis actual?

"Un Estado prostituido: una mujerzuela a cuyo traje plateado, se le lleva la cola, pero cuya alma se arrastra por el fango."

En la práctica, quienes se oponen a una reforma en Massachusetts no son cien políticos del Sur, sino cien mil comerciantes y granjeros del Norte, quienes están más interesados en el comercio y la agricultura que en el género humano y no están dispuestos a hacer justicia ni a los esclavos ni a México, cueste lo que cueste. Yo no me enfrento con enemigos lejanos, sino con los que cerca de casa cooperan con ellos y los apoyan, y sin los cuales estos últimos serían inofensivos. Estamos acostumbrados a decir que las masas no están preparadas, pero el progreso es lento, porque la minoría no es mejor o más prudente que la mayoría. Lo más importante no es que una mayoría sea tan buena como usted, sino que exista cierta bondad absoluta en algún sitio para que sea levadura para la masa. Miles de personas que se oponen, en teoría, a la esclavitud y la guerra, pero de hecho no hacen nada por acabar con ellas; miles que se consideran hijos de Washington y Franklin, se sientan con las manos en los bolsillos y dicen que no saben qué hacer, y no hacen nada; miles inclusive posponen la cuestión de la libertad por la cuestión del libre comercio y leen muy tranquilos las cotizaciones y las noticias sobre el frente de México, después de la cena, y hasta se quedan dormidos sobre ambos. ¿Cuál es el valor de un hombre honrado y de un patriota hoy? Dudan y se lamentan y en ocasiones redactan escritos, pero no hacen nada serio, convincente y eficaz. Esperan, con la mejor disposición, a que otros remedien el mal para poder dejar de lamentarse. Como mucho, depositan un simple voto y hacen un leve signo de aprobación y una aclamación a la justicia al pasar por su lado. Por cada hombre virtuoso hay novecientos noventa y nueve que alardean de serlo, y es más fácil tratar con el auténtico poseedor de alguna cosa que con los que pretenden tenerla.

Las votaciones son una suerte de juego, como las damas o el backgammon, con un ligero tinte moral; un jugar con lo justo y lo injusto, con cuestiones morales y, desde luego, incluyen apuestas. No se apuesta sobre el carácter de los votantes. Quizá deposito el voto que creo más acertado, pero no estoy realmente convencido de que eso deba prevalecer. Estoy dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría. Su obligación, por tanto, nunca excede el nivel de lo conveniente. Aún votar por lo justo es no hacer nada por ello. Es tan sólo expresar débilmente el deseo de que la justicia debiera prevalecer. Un hombre prudente no dejará lo justo a merced del azar, ni deseará que prevalezca frente al poder de la mayoría. Hay muy poca virtud en la acción de las masas. Cuando la mayoría vote al fin por la abolición de la esclavitud, será porque le es indiferente la esclavitud o porque sea tan escasa que no merezca la pena mantenerla. Para entonces ellos serán los únicos esclavos. Sólo puede acelerar la abolición de la esclavitud el voto de aquel que afianza su propia libertad con ese sufragio.

He oído decir que se va a celebrar una convención en Baltimore, o en algún otro sitio para la elección de un candidato a la Presidencia, y que está formada fundamentalmente por directores de periódicos y políticos profesionales, y me pregunto: ¿Qué puede importarle al hombre independiente, inteligente y respetable la decisión que tomen? ¿Es que no podemos contar con la ventaja de la prudencia y la honradez de este último? ¿No podemos esperar que también haya votos independientes? ¿Acaso no hay infinidad de hombres en este país que no asisten a esas convenciones? Pero no: yo pienso que el hombre respetable como tal ya se ha escabullido de su puesto, y desespera de su país, cuando es su país el que tiene más razones para desesperar de él. Inmediatamente acepta a uno de los candidatos elegidos de esa manera como el único disponible, demostrando que es él quien está disponible para cualquier propósito del demagogo. Su voto no tiene más valor que el de cualquier extranjero sin principios o el de cualquier empleadillo nativo que haya sido comprado. ¡Loado sea el hombre auténtico que, como dice mi vecino, "no se doblega!" Nuestras estadísticas son falsas. la población está inflada. ¿Cuántos hombres hay por cada 250 mil hectáreas en este país? Apenas uno. ¿No ofrece Estados Unidos ningún aliciente para que los hombres se asienten aquí? El estadunidense ha degenerado en un tipo conformista, un ser que se reconoce por el desarrollo de su sentido gregario, una ausencia manifiesta de inteligencia y una seguridad desenfadada, cuyo primer y básico interés en el mundo es ver que los asilos se conserven en buenas condiciones, y antes se ha puesto su vestimenta en toda regla y ha ido a recabar fondos para mantener a las viudas y huérfanos que pueda haber; en fin, en alguien que se permite vivir sólo con la ayuda de la Compañía de Seguros Mutuos que se ha comprometido a enterrarlo decentemente.

Por supuesto, no es un deber del hombre dedicarse a la erradicación del mal, por monstruoso que sea. Puede tener, como le es lícito, otras inquietudes entre manos. Pero sí es su deber, al menos, lavarse las manos para limpiar ese mal. Y si no se preocupa más de él, que por lo menos, en la práctica, tampoco le dé su apoyo. Si me entrego a otros fines y consideraciones, antes de dedicarme a ellos debo, como mínimo, asegurarme de que no estoy pisando a otros hombres. Ante todo, debo permitir que también los demás puedan realizar sus propósitos. ¡Fíjense que gran inconsistencia se tolera! He oído decir a algunos conciudadanos: "me gustaría que me ordenaran participar en la represión de una rebelión de esclavos o marchar hacia México; veríamos si lo hago". Y, sin embargo, ellos mismos han enviado a un sustituto, directamente con su obediencia, e indirectamente con su dinero. Al soldado que se niega a luchar en una guerra injusta le aplauden aquellos que aceptan mantener al gobierno injusto que la emprende; le aplauden aquellos cuyos actos y autoridad él desprecia y desdeña, como si el Estado fuera un penitente que contratase a uno para que se fustigase por sus pecados, pero que no considerase la posibilidad de dejar de pecar ni un instante. Así, con el pretexto del orden y del gobierno civil se nos hace honrar y alabar nuestra propia vileza. Tras el primer sonrojo por pecar surge la indiferencia, y lo inmoral se convierte, por así decirlo, en amoral, y no del todo innecesario en la vida que nos hemos forjado.

El error más extendido y mayor exige la virtud más desinteresada para sostenerse. El ligero reproche, al que la virtud del patriota es susceptible a menudo, es aquel en el que incurren fácilmente los hombres honrados. Los que, sin estar de acuerdo con la naturaleza y las medidas de un gobierno, le entregan su lealtad y su apoyo y son, sin duda, sus seguidores más conscientes y, por tanto, suelen ser el mayor obstáculo para su reforma. Algunos están interpelando al estado de Massachussets para que disuelva la Unión y olvide los requerimientos del presidente. ¿Por qué no la disuelven por su cuenta (la unión entre ellos mismos y el estado) y se niegan a pagar sus impuestos al Tesoro? ¿No están en la misma situación con respecto al estado, que el estado con respecto a la Unión? ¿Acaso las razones que han evitado que el estado se enfrentara con la Unión no han sido las mismas que han evitado que ellos se enfrentaran al estado?

¿Cómo puede estar satisfecho un hombre por el mero hecho de tener una opinión y quedarse tranquilo con ella? ¿Puede haber alguna satisfacción en ello, si su opinión es que está siendo ofendido? Si su vecino le estafa así sea un solo dólar, no queda satisfecho con saber que lo ha estafado, con decirlo, ni siquiera exigiéndole que le restituya lo que le pertenece; sino que inmediatamente usted toma medidas concretas para recuperarlo y se asegura que no lo vuelva a estafar jamás. La acción que surge de los principios, de la percepción y la realización de lo justo, cambia las cosas y las relaciones; es esencialmente revolucionaria y no concuerda en nada con el pasado. No sólo divide estados e iglesias, divide familias e inclusive divide al individuo, separando en él lo diabólico de lo divino.

Existen leyes injustas: ¿nos contentaremos con obedecerlas, o intentaremos corregirlas y las obedeceremos hasta conseguirlo? ¿O las transgrediremos desde ahora mismo? Bajo un gobierno como el nuestro actualmente, muchos creen que deben esperar hasta convencer a la mayoría para cambiarlas. Creen que si opusieran resistencia el remedio sería peor que la enfermedad. Pero eso es culpa del propio gobierno. ¿Por qué no se ocupa de prever y procurar reformas? ¿Por qué no aprecia el valor de esa minoría prudente? ¿Por qué grita y se resiste antes de ser herido? ¿Por qué no anima a sus ciudadanos a estar alerta y señalar los errores para mejorar su acción? ¿Por qué tenemos siempre que crucificar a Cristo y excomulgar a Copérnico y a Lutero y declarar rebeldes a Washington y a Franklin?

Se pensaría que una negación deliberada y práctica de su autoridad es la única ofensa que el gobierno no contempla; si no, ¿por qué no ha asignado un castigo definitivo, adecuado y proporcionado? Si un hombre sin recursos se niega sólo una vez a pagar nueve monedas al Estado, se le encarcela (sin que ninguna ley de que yo tenga noticia lo limite) por un periodo indeterminado que se fija según el arbitrio de quienes lo metieron allí; pero si hubiera robado noventa veces nueve monedas al Estado, en seguida se le dejaría en libertad.

Si la injusticia forma parte de la fricción necesaria de la máquina del gobierno, déjenla así, déjenla. Quizá desaparezca con el tiempo; lo que sí es cierto es que la máquina acabará por romperse. Si la injusticia tiene un resorte, una polea, un cable o una manivela exclusivamente para ella, entonces tal vez deban ustedes considerar si el remedio no será peor que la enfermedad; pero si es de tal naturaleza que los obliga a ser agentes de la injusticia, entonces les digo, quebranten la ley. Que su vida sea un freno que detenga la máquina. Lo que tengo que hacer es asegurarme de que no me presto a hacer el daño que yo mismo condeno.

En cuanto a adoptar los medios que el Estado aporta para remediar el mal, yo no conozco tales medios. Requieren demasiado tiempo y se invertiría toda la vida en ello. Tengo otros asuntos que atender. No vine al mundo para hacer de él un buen sitio para vivir, sino a vivir en él, sea bueno o malo. Un hombre no tiene que hacerlo todo, sino algo, y debido a que no puede hacerlo todo, no es necesario que haga algo mal. No es asunto mío interpelar al gobierno o a la Asamblea Legislativa, como tampoco el de ellos interpelarme a mí; y si no quieren escuchar mis peticiones, ¿qué debo hacer? En este caso el Estado no ha previsto ninguna salida, su Constitución es la culpable. Esto puede parecer duro y obstinado e intransigente, pero a quien se ha de tratar con mayor consideración y amabilidad es únicamente al espíritu que lo aprecie o lo merezca. Sucede, pues, que todo cambio es para mejorar, como el nacer y el morir que producen cambios en nuestro cuerpo.

No vacilo en afirmar que aquellos que se autodenominan abolicionistas deberían retirar inmediatamente su apoyo personal y económico al gobierno de Massachusetts, y no esperar a constituir una mayoría, antes de tolerar que la injusticia impere sobre ellos. Creo que es suficiente con que tengan a Dios de su parte, sin esperar más. Un hombre con mayor razón que sus conciudadanos ya constituye una mayoría de uno.

Tan sólo una vez al año me enfrento directamente, cara a cara, con este gobierno estadunidense o su representante, el gobierno del estado, en la persona de su recaudador de impuestos. Es la única situación en la que un hombre de mi posición inevitablemente se encuentra con él, y él entonces dice claramente: "Reconóceme. Y el modo más simple y efectivo, y hasta el único posible de intentar, en el actual estado de cosas, es expresarle mi poca satisfacción y mi poco amor por él, es rechazarlo. Mi convecino civil, el recaudador de impuestos, es el único hombre con el que tengo que tratar, puesto que, después de todo, yo peleo con hombres y no con papeles, y él ha elegido voluntariamente ser un agente del gobierno. ¿Cómo va a conocer su identidad y su cometido como funcionario del gobierno, o como hombre, si no lo obligan a decidir si ha de tratarme a mí que soy su vecino a quien respeta, como buen vecino y hombre honrado, o como a un maniaco que altera la paz? Después veríamos si puede saltarse ese sentimiento de buena vecindad sin recurrir a pensamientos o palabras más duros e irrespetuosos de acuerdo con esa actuación. Estoy seguro de que si mil, si cien, si diez hombres que pudiese nombrar, si solamente diez hombres honrados, inclusive si un hombre honrado en este estado de Massachusetts, dejase en libertad a sus esclavos y rompiera su asociación con el gobierno nacional y fuera por ello encerrado en la cárcel del condado, esto significaría la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Lo que importa no es que el comienzo sea pequeño; lo que se hace bien una vez, queda bien hecho para siempre. Pero nos gusta más hablar de ello: decimos que esa es nuestra misión. La reforma cuenta con docenas de periódicos en su favor, pero ni con un solo hombre. Si mi estimado vecino, el embajador del Estado, que va a dedicar su tiempo a solucionar la cuestión de los derechos humanos en la Cámara del Consejo, en vez de sentirse amenazado por las prisiones de Carolina tuviera que ocuparse del prisionero de Massachusetts, el prisionero de ese estado que está tan ansioso por endilgarle el pecado de la esclavitud a su hermano (aunque, por ahora, sólo ha descubierto un acto de falta de hospitalidad para fundamentar su querella contra él), la legislatura no desestimaría considerar el tema por completo en el invierno próximo.

Bajo un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el lugar que debe ocupar un hombre justo es también la prisión. Hoy, el lugar apropiado, el único sitio que Massachusetts ofrece a sus espíritus más libres y menos sumisos, son sus prisiones: se les encarcela y se les aparta del estado por acción de éste, del mismo modo que ellos habían hecho ya por sus propios principios. Ahí es donde el esclavo negro fugitivo, el prisionero mexicano en libertad condicional y el indio que viene a interceder por los daños infligidos a su raza deberían encontrarlos: en ese lugar separado, pero más libre y honorable, donde el Estado sitúa a los que no están con él, sino en su contra, donde el hombre libre puede permanecer con honor. Si alguien piensa que su influencia se perdería allí, que su voz dejaría de afligir el oído del Estado y que ya no sería visto como el enemigo dentro de sus murallas, no sabe cuanto más fuerte es la verdad que el error, cuánto más elocuente y eficiente puede ser combatir la injusticia cuando se ha sufrido en carne propia. Deposite su voto, no sólo una papeleta, sino toda su influencia. Una minoría es impotente mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría. Pero cuando se opone con todas sus fuerzas es imparable. Si la alternativa es encarcelar a los justos o renunciar a la esclavitud y a la guerra, el Estado no dudará en elegir. Si mil hombres dejaran de pagar impuestos este año, tal medida no sería ni violenta ni cruel, mientras que si los pagan, se habilita al Estado para que cometa actos de violencia y derrame la sangre de los inocentes. Esta es la definición de una revolución pacífica, si es que tal cosa es posible. Si el recaudador de impuestos o cualquier otro funcionario público me preguntara –como así ha sucedido: "Y entonces, qué hago?", mi respuesta sería: "Si de verdad quiere hacer algo, renuncie al cargo". Una vez que el súbdito se ha negado a someterse y el funcionario renuncia a su cargo, la revolución se ha logrado. ¿Acaso no hay también un tipo de derramamiento de sangre cuando se hiere la conciencia? Por esa herida brotan la auténtica humanidad e inmortalidad de un ser humano y su hemorragia le ocasiona una muerte interminable. Ya veo correr esos ríos de sangre.

Hasta ahora me he referido al encarcelamiento del objetor y no a la incautación de sus bienes, aunque ambos sirven al mismo propósito, porque aquellos que afirman la justicia más pura, y por tanto son los más peligrosos para un Estado corrompido, no suelen haber dedicado mucho tiempo a acumular riquezas. A ellos, el Estado les presta un servicio relativamente pequeño y el mínimo impuesto suele parecerles exagerado, particularmente si se ven obligados a pagarlo con el sudor de su frente. Si hubiera alguien que viviese sin hacer uso del dinero en absoluto, el Estado mismo dudaría en reclamárselo. Pero los ricos (y no se trata de hacer comparaciones odiosas) están siempre vendidos a la institución que los hace ricos. En estricto sentido, a mayor riqueza, menos virtud, porque el dinero vincula al hombre con sus bienes y le permite obtenerlos y, desde luego, la obtención de ese dinero no constituye ninguna gran virtud. El dinero acalla muchas preguntas que de otra manera el hombre tendría que contestar, mientras que la nueva pregunta que se le plantea es la difícil pero superflua de cómo gastarlo. De este modo, sus principios morales se derrumban a sus pies. Las oportunidades de una vida plena disminuyen en la misma proporción en que se incrementan lo que se ha dado en llamar "medios de fortuna". Lo mejor que el rico puede hacer en favor de su cultura es procurar llevar a cabo aquellos planes en que pensaba cuando era pobre. Cristo respondió a los fariseos en una situación semejante: "Muestren el dinero del tributo", dijo, y uno sacó un céntimo del bolsillo. Si usan moneda acuñada con la efigie del César, y él la ha valorado y hecho circular, y si son ustedes ciudadanos del Estado y disfrutan con agrado de las ventajas del gobierno del César, entonces devuélvanle algo de lo que le pertenece cuando se los reclame. "Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Y los fariseos se quedaron como estaban, sin saber qué era de quién, porque no querían saberlo.

Cuando hablo con el más independiente de mis conciudadanos, me doy cuenta de que, diga lo que diga acerca de la magnitud y seriedad de un problema y su interés por la tranquilidad pública, en última instancia no puede prescindir del gobierno actual y teme las consecuencias que la desobediencia pudiera acarrear a sus bienes y a su familia. Por mi parte, no me gustaría pensar que algún día voy a depender de la protección del Estado. Si rechazo la autoridad del Estado cuando éste me presenta la cuenta de los impuestos, pronto se apoderará de lo mío y gastará mis bienes y me acosará indefinidamente a mí y a mis hijos. Esto es doloroso. Esto hace que al hombre le sea imposible vivir honestamente y al mismo tiempo con comodidad en la vida material. No merece la pena acumular bienes; con toda seguridad se los volverían a llevar. Es mejor emplearse o establecerse en alguna granja y cultivar una pequeña cosecha y consumirla cuanto antes. Hay que vivir independientemente sin depender más que de uno mismo, siempre dispuesto y preparado para volver a empezar y sin involucrarse en muchos negocios. Un hombre puede enriquecerse hasta en Turquía si se comporta como un buen súbdito del gobierno turco. Decía Confucio: "Si un Estado es gobernado por los dictados de la razón, la pobreza y la miseria provocan vergüenza; si un Estado no es gobernado siguiendo la razón, las riquezas y los honores provocan vergüenza". No: mientras no necesite que Massachusetts me socorra en algún lejano puerto del Sur, donde mi libertad corra peligro, o mientras me dedique sólo a adquirir una granja por medios pacíficos en mi propio país, podré permitirme el lujo de negarle lealtad a Massachusetts, y su derecho sobre mi vida y mis bienes. Además, me cuesta menos trabajo desobedecer al Estado, que obedecerle. Si hiciera esto último, me sentiría menos digno.

Hace algunos años, el Estado me instó en nombre de la Iglesia a que pagara cierta suma para la manutención del clérigo, a cuyos oficios solía asistir mi padre, pero yo no. "Pague –se me dijo– o será encarcelado". Me negué a pagar, pero lamentablemente, otra persona consideró apropiado hacerlo por mí. No entendía por qué el maestro de escuela tenía que contribuir con sus impuestos para el sostenimiento del clérigo, y no el clérigo para sostener al maestro; dado que además yo no era maestro del Estado y me sostenía por suscripción popular. No veía por qué la escuela carecía del derecho a recibir dinero de los impuestos del Estado, mientras que la Iglesia sí lo tenía. De todos modos, ante el requerimiento de los concejales, me avine a redactar una declaración en los siguientes términos: "Sepan todos por la presente, que yo, Henry Thoreau, no deseo ser considerado miembro de ninguna sociedad legalmente constituida a la cual yo mismo no me haya unido". El Estado, sabiendo de este modo que no deseaba ser considerado miembro de esa Iglesia, no ha vuelto a reclamarme aquel impuesto, aunque mantuvo su exigencia inicial por aquella sola vez. Si hubiese sabido entonces cómo se llamaban, me habría borrado de todas las sociedades de las que jamás me hice miembro, pero no sabía dónde conseguir la lista completa.

Desde hace seis años no he pagado el impuesto de empadronamiento. Por ello me encarcelaron una vez durante una noche, y mientras contemplaba los muros de piedra sólida, de sesenta u ochenta centímetros de espesor, la puerta de hierro y madera de treinta centímetros de grosor y la reja de hierro por la que se filtraba la luz, no pude menos que sentirme impresionado por la estupidez de aquella institución que me trataba como si fuera mera carne, sangre y huesos que encerrar. Me admiraba que alguien pudiera concluir que ese era el mejor uso que el Estado podía hacer de mí y no hubiera pensado en beneficiarse con mis servicios de algún otro modo. Me parecía que si un muro de piedra me separaba de mis conciudadanos, había otro más difícil de trepar o perforar para que ellos consiguieran ser tan libres como yo. No me sentí confinado ni un solo instante y los muros se me antojaban enormes derroches de piedra y cemento. Me sentía como si yo hubiera sido el único ciudadano que había pagado mis impuestos. Sencillamente no sabían cómo tratarme y se comportaban como personas mal educadas. Lo mismo cuando alababan que cuando amenazaban cometían una estupidez, ya que pensaban que mi deseo era saltar al otro lado del muro. No podía hacer otra cosa sino sonreír al ver con qué esfuerzo me cerraban la puerta, mientras mis pensamientos, sin obstáculo ni impedimento, eran realmente lo único peligroso allí. Como no podían llegar a mi espíritu, resolvieron castigar mi cuerpo, como hacen los niños que, cuando no pueden alcanzar a la persona que les fastidia, maltratan a su perro. Yo veía al Estado como a un necio, como a una viuda que temiese por sus cubiertos de plata, y que no supiese distinguir a sus amigos de sus enemigos. Perdí todo el respeto que aún le tenía y le tuve lástima.

El Estado nunca se enfrenta voluntariamente con la conciencia intelectual o moral de un hombre sino con su cuerpo, con sus sentidos. Carece de honradez y de inteligencia, por lo que recurre a la simple fuerza física. Yo no nací para ser forzado. Seguiré mi propio camino. Ya veremos quién es el más fuerte. ¿Qué fuerza tiene una multitud? Sólo pueden obligarme aquellos que obedecen a una ley superior a la mía. Me obligan a ser como ellos. Yo no escucho que a los hombres los obliguen las masas a vivir de tal o cual manera. ¿Qué vida sería ésa? Cuando un gobierno me dice: "La bolsa o la vida", ¿por qué voy a apresurarme a darle mi dinero? Puede que se halle en apuros y no sepa qué hacer: lo siento mucho; debe salvarse a sí mismo, como hago yo. No vale la pena lloriquear. Yo no soy el responsable del buen funcionamiento de la maquinaria de la sociedad. No soy hijo del maquinista. Sólo veo que cuando una bellota o una castaña caen juntas, una no permanece inerte para dejar espacio a la otra, sino que ambas obedecen sus propias leyes y germinan y crecen y florecen lo mejor que pueden, hasta que una, quizá, ensombrece y destruye a la otra. Si una planta no puede vivir de acuerdo con la naturaleza, muere; lo mismo le ocurre al hombre.

La noche en prisión fue una novedad interesante. Cuando entré, los prisioneros, en mangas de camisa, disfrutaban charlando y tomando el fresco de la noche. Pero el carcelero dijo: "Vamos muchachos, es hora de encerrarlos", entonces se dispersaron y oí el sonido de sus pasos volviendo a sus oscuros aposentos. El carcelero me presentó a mi compañero de celda como "un individuo de primera e inteligente". Cuando cerraron la puerta me indicó dónde colgar mi sombrero y me contó cómo se las arreglaba uno allí dentro. Blanqueaban las celdas una vez al mes y ésta, al menos, era la más blanca, más sencillamente amueblada y probablemente la más limpia de la ciudad. Mi compañero se interesó inmediatamente por mí: quería saber de dónde era y porqué me habían encerrado. Cuando se lo dije le pregunté a su vez por qué estaba allí, dando por supuesto que se trataba de un hombre honrado y, tal como está el mundo, creo que lo era. "Pues me acusan –dijo– de quemar un granero, pero no lo hice".

Según pude averiguar, probablemente había ido a dormir la borrachera, y al fumar ahí su pipa el granero se incendió. Tenía fama de ser inteligente, llevaba tres meses esperando el juicio, y tendría que esperar otro tanto aún; pero se había adaptado y aceptaba su situación, puesto que lo alimentaban gratis y lo trataban bien.

El miraba por una ventana y yo por la otra, y me di cuenta de que si uno permanecía allí mucho tiempo, su quehacer principal consistiría en mirar por la ventana. Muy pronto había leído todos los panfletos que se habían ido dejando allí y examiné por dónde se habían fugado otros presos y dónde habían aserrado una reja, y también escuché anécdotas sobre varios ocupantes de aquella celda. Descubrí que inclusive había historias y chismes que jamás salían de los muros de la prisión. Probablemente sea ésta la única casa en la ciudad donde se escriben versos que luego se copian aunque no lleguen a publicarse. Me enseñaron una larga lista de versos escritos por varios jóvenes a los que habían descubierto cuando querían fugarse, y los cantaban para vengarse.

Le saqué a mi compañero de celda toda la información que pude, temiendo no volver a verlo nunca más; luego me indicó cuál era mi cama y se alejó para apagar la vela.

Pernoctar allí esa noche fue como viajar a un país remoto que nunca había esperado visitar. Me parecía que nunca antes había escuchado las campanas del reloj del ayuntamiento ni los ruidos nocturnos de la ciudad, y es que dormíamos con las ventanas abiertas por dentro de la reja. Era como contemplar mi ciudad natal a la luz del Medievo y nuestro Concord convertido en un Rin, con visiones de caballeros y castillos desfilando ante mí. Eran las voces de mis vecinos deambulando por las calles. Fui el espectador y oyente involuntario de todo lo dicho y hecho en la posada vecina: una nueva y extraña experiencia. Me proporcionó un conocimiento de primera mano de mi ciudad natal. Estaba absolutamente dentro de ella. Nunca hasta entonces había visto sus instituciones. Esta es una de sus instituciones más peculiares, pues se trata de un condado. Empecé a comprender de verdad a sus habitantes.

Por la mañana nos pasaron el desayuno por un hueco de la puerta en pequeñas latas ovaladas que contenían medio litro de chocolate con pan negro y una cuchara metálica. Cuando volvieron por los cacharros incurrí en la novatada de devolver el pan que me había sobrado, pero mi compañero lo agarró y me dijo que debía guardarlo para la comida o la cena. Enseguida lo dejaron salir a segar heno en un campo cercano, al que iba cada día y del que no regresaba hasta el mediodía; así que se despidió diciendo que no sabía si nos volveríamos a ver.

Cuando salí de la prisión –porque alguien intervino y pagó mis impuestos– no observé que se hubieran producido grandes cambios en el exterior, como los que encuentra el que se marcha joven y regresa ya de viejo. Sin embargo, sí aprecié un cierto cambio en la escena: en la ciudad, en el estado y en el país; un cambio mayor que el debido al mero paso del tiempo. El estado en el que vivía se me presentaba con mayor nitidez. Vi hasta qué punto podía confiar como vecinos o amigos en las personas entre quienes había vivido, que su amistad era de poco fiar, que no se proponían hacer el bien. Eran de una raza distinta a la mía por sus prejuicios y supersticiones, como los chinos y los malayos, que en sus sacrificios por la humanidad no se arriesgan ni ellos y tampoco sus bienes. Después de todo, no eran tan nobles y trataban al ladrón como éste los había tratado a ellos, y esperaban salvar sus almas mediante la observancia de ciertas costumbres y unas cuantas oraciones, y por seguir una senda particularmente recta e inútil. Puede que esta crítica a mis vecinos parezca severa, puesto que muchos de ellos ni siquiera son conscientes de que en su ciudad existe una institución como la cárcel.

Antes era costumbre en la ciudad que cuando un deudor pobre salía de la cárcel, sus conocidos lo saludaban, mirando a través de los dedos entrecruzados, para representar los barrotes de la cárcel: "¿Cómo le va?" Mis vecinos no hicieron eso, sino que primero me miraron a mí y luego se miraban unos a otros, como si hubiera vuelto de un largo viaje. Me arrestaron cuando iba al zapatero a recoger un zapato que me había arreglado. Cuando me soltaron, a la mañana siguiente, procedí a cumplir el mandado, y tras ponerme el zapato arreglado me uní a un grupo que iba a recoger bayas y que me esperaba para que les hiciese de guía, y en media hora (pues aparejé mi caballo con rapidez) estaba en medio de un campo de bayas en lo alto de una colina, a tres kilómetros de distancia, y el Estado ya no se veía por ninguna parte. Esta es la historia completa de "Mis prisiones".

Nunca me he negado a pagar el impuesto de carreteras, porque quiero ser tan buen vecino como mal súbdito, y respecto del mantenimiento de las escuelas, estoy contribuyendo ahora a la educación de mis compatriotas. No me niego a pagar los impuestos por alguna razón en especial, simplemente deseo negarle mi lealtad al Estado, retirarme y permanecer al margen. Aunque pudiera saberlo, no me interesa saber el destino de mi dinero, inclusive si se comprara con él un rifle a un hombre para que le dispare a otro –el dinero es inocente–, pero me interesaría conocer las consecuencias que tendría mi lealtad.

A mi modo, en silencio, le declaro la guerra al Estado, aunque todavía haré uso de él y le sacaré todo el provecho que pueda, como suele hacerse en estos casos.

Si otros, por simpatía con el Estado, pagan los impuestos que yo me niego a pagar, están haciendo lo mismo que hicieron por sí mismos, es decir, están llevando la injusticia más allá todavía de lo que exige el Estado. Si los pagan por un equivocado interés en la persona afectada, para preservar sus bienes o evitar que vaya a la cárcel, es porque no han considerado con sensatez hasta qué punto sus sentimientos personales interfieren con el bien público.

Esta es mi posición en estos momentos. Pero en tales casos hay que estar muy en guardia para evitar actuar llevado por la obstinación o por un indebido respeto a la opinión de los demás. Lo que hay que comprender es que actuando así se está haciendo lo que uno debe y lo que corresponde a ese momento.

A veces pienso que estas personas tienen buenas intenciones, pero son ignorantes; serían mejores si entendieran todo esto. ¿Por qué obligar a los vecinos al esfuerzo de tratarlo a uno en contra de sus propias inclinaciones? Sin embargo, creo que ésta no es razón suficiente para que yo actúe de la misma manera o permita que otros sufran calamidades mucho mayores. Y luego, me digo: cuando millones de hombres, sin agresividad, sin mala intención, sin sentimientos de ningún tipo, piden sólo unas monedas, y no existe la posibilidad –según su manera de ser–, de retirar o alterar tal demanda, ni la posibilidad, por parte de quien recibe la petición, de ayudar a otros millones, ¿por qué tendría que exponerse a esa aplastante fuerza bruta? No nos oponemos al frío y al hambre, a los vientos y a las olas con tanta obstinación, sino que te sometes resignadamente a ésas y a otras muchas penalidades semejantes. Usted no pone las manos al fuego. Pero exactamente en la misma proporción en que considero que ésta no es completamente una fuerza bruta, sino que es en parte una fuerza humana, y creo que tengo que ver con esos millones, que son relaciones con millones de hombres, y no simples animales o cosas inanimadas, veo que esa apelación es posible, en primer lugar, y de modo inmediato, de ellos hacia su Creador; y, en segundo lugar, de ellos hacia sí mismos. Pero si deliberadamente meto las manos al fuego, no hay apelación posible ni al fuego, ni al Creador del fuego, y sólo yo sería responsable por las consecuencias. Si pudiera convencerme de que tengo algún derecho a sentirme satisfecho de los hombres tal como son, y tratarlos en consecuencia, y no, en cierto sentido, según mi convicción y mi esperanza de cómo ellos y yo deberíamos ser, entonces, como un buen musulmán y fatalista me las arreglaría para quedarme tranquilo con las cosas tal como son, y diría que eso es la voluntad de Dios. Y, sobre todo, hay una diferencia entre resistir a esto o a una fuerza animal o natural: al resistir a esto consigo algún efecto, pero no puedo esperar cambiar, como Orfeo, la naturaleza de las rocas, los árboles y las bestias.

No tengo interés en discutir con ningún hombre o nación. No deseo ser puntilloso y establecer distinciones sutiles; ni tampoco presentarme como el mejor de mis conciudadanos. Lo que busco, en cambio, es una excusa para dar mi conformidad a las leyes de este país. Estoy totalmente dispuesto a someterme a ellas. De hecho, siempre tengo razones para dudar de mi postura y cada año, cuando pasa el recaudador de impuestos, me dispongo a revisar las leyes y la situación de ambos gobiernos, el federal y el del estado, así como la opinión del pueblo en busca de un pretexto para dar esa conformidad.

Debemos interesarnos por nuestro país como si fuera nuestro padre, y si en algún momento nos negamos a honrarle con nuestro amor o nuestro esfuerzo, debemos, sin embargo, respetarlo y educar nuestro espíritu en cuestiones de conciencia y religión, y no en deseos de poder ni de beneficio propio.

Creo que el Estado pronto podrá evitarme toda esta preocupación, y entonces no seré más patriota que mis conciudadanos. Desde cierto punto de vista, la Constitución, con todos sus fallos, es muy buena; las leyes y los tribunales son muy respetables; inclusive el gobierno federal y el del estado son, en muchos sentidos, admirables y originales; algo por lo que debemos estar agradecidos, tal como mucha gente los ha descrito. Pero si elevamos un poco nuestra perspectiva, en realidad no serían más como los he descrito yo, y si nos elevamos aún más, ¿quién sabe lo que son o si merece la pena observarlos o pensar en ellos?

De todos modos, el gobierno no es algo que me preocupe demasiado, y pienso en él lo menos que puedo. No son muchas las ocasiones en que me afecta directamente, ni siquiera en este mundo en que vivimos. Si un hombre piensa con libertad, sueña con libertad e imagina con libertad, nunca le va a parecer lo que es aquello que no es, y ni los gobernantes ni los reformadores ineptos podrán en realidad coaccionarle.

Sé que la mayoría de los hombres piensan de distinto modo, pero son aquellos que se dedican profesionalmente al estudio de estos temas u otros semejantes, los que más me preocupan; los estadistas y legisladores, que se hayan tan plenamente integrados en las instituciones que jamás las pueden contemplar con actitud clara y crítica. Hablan de cambiar la sociedad, pero no se sienten cómodos fuera de ella. Puede que se trate de hombres de cierta experiencia y criterio, y sin lugar a dudas han inventado soluciones ingeniosas e inclusive útiles, por lo que sinceramente les damos las gracias; pero todo su talento y su utilidad se encuentran dentro de límites muy estrechos. Suelen olvidar que el mundo no está gobernado por la política ni la conveniencia. Webster (Daniel Webster, 1782-1852, destacado político estadunidense de mediados del siglo XIX) jamás ve más allá del gobierno y, por tanto, no puede hablar de él con autoridad. Sus palabras las consideran válidas aquellos legisladores que no contemplan la necesidad de una reforma social en el gobierno actual; pero a los inteligentes y a los que legislan con idea de futuro les parece que ni siquiera vislumbra el problema.

Conozco a unos cuantos que con sus serenos y sabios argumentos sobre este tema pondrían de manifiesto cuán limitada es la capacidad de Webster para la reflexión y la apertura a nuevas ideas. Y, sin embargo, si lo comparamos con el pobre quehacer de los reformistas y el aún más pobre ingenio y elocuencia de los políticos en general, sus palabras resultarían ser las más sensatas y válidas, y damos gracias al cielo porque existen. En comparación con los otros, él es siempre fuerte, original y sobre todo, práctico. Con todo, su mayor cualidad no es la sabiduría sino la prudencia. Lo que el abogado llama verdad no es la auténtica Verdad sino la coherencia o una conveniencia coherente. La Verdad está siempre en armonía consigo misma y no se preocupa, al menos básicamente, de poner en relieve la justicia que pueda ser consistente con el mal. Bien merece ser llamado, como ha ocurrido, el Defensor de la Constitución; los únicos golpes que ha dado, han sido siempre defensivos. No es un líder sino un seguidor. Sus líderes son los hombres de 1787. "Nunca me he esforzado –dice–, y nunca pienso esforzarme; jamás he aprobado un esfuerzo y no pienso hacerlo ahora, para alterar el acuerdo original por el cual los diferentes estados llegaron a constituirse en la Unión". Respecto al hecho de que la Constitución sancione la existencia de la esclavitud, dice: "Dado que forma parte del contrato original, dejémoslo como está". Pese a su especial agudeza y habilidad, es incapaz de extraer un hecho y sacarlo de sus meras implicaciones políticas, para contemplarlo de una manera exclusivamente intelectual –por ejemplo, lo que tocaría hacer a un hombre hoy en Estados Unidos en relación con el problema de la esclavitud– sino que más bien se aventura o se ve llevado a dar una respuesta tan descabellada como la siguiente, mientras anuncia que habla en términos absolutos y a título personal –y, ¿qué nuevo sistema de valores sociales podríamos deducir de ahí?:

"El modo en que el gobierno de esos estados donde existe la esclavitud haya de regularla, es asunto suyo, responsabilidad suya ante sus electores, ante las leyes generales de lo que es apropiado, de la humanidad y de la justicia y ante Dios. Las asociaciones que pueden formarse en otros lugares surgidas de un sentimiento de humanidad o de otras causas, no tienen nada que ver con esta cuestión. Nunca han recibido mi apoyo y nunca lo tendrán."

Quienes no conocen otras fuentes de verdad más puras, quienes no han seguido su curso hasta sus orígenes están, y con razón, del lado de la Biblia y la Constitución, y beben de ellas con reverencia y humildad. Pero aquellos que van más allá y buscan el origen del agua que se vierte gota a gota sobre el lago o el estanque, se ciñen los lomos y siguen su peregrinaje en busca del manantial.

No ha habido en Estados Unidos ni un solo hombre con genio para legislar. Son escasos en la historia del mundo. Hay centenares de oradores, políticos y hombres elocuentes, pero el orados capaz de resolver los acuciantes problemas de hoy, aún no ha abierto la boca. Nos gusta la elocuencia por sí misma y no porque sea portadora de ninguna verdad o porque inspire cierto heroísmo. Nuestros legisladores aún no han aprendido el valor relativo que encierran el libre comercio y la libertad, la unión y la rectitud hacia la nación. Carecen de genio o talento para cuestiones relativamente sencillas, como son los impuestos y las finanzas, el comercio, la industria y la agricultura. Si nos dejáramos guiar por la ingeniosa verborrea de los legisladores del Congreso, sin que la oportuna experiencia del pueblo y sus protestas concretas los corrigieran, Estados Unidos pronto dejaría de conservar su rango entre las naciones. El Nuevo Testamento se escribió hace mil ochocientos años –aunque tal vez no debería referirme a ello– y, sin embargo, ¿dónde está el legislador con sabiduría y talento suficiente como para aprovechar la luz que de él dimana y aplicarla sobre la ciencia legislativa?

La autoridad del gobierno, aún aquella a la que estoy dispuesto a someterme –pues obedeceré a los que saben y pueden hacer las cosas mejor que yo, y en ciertos casos, hasta a los que ni saben ni pueden– es todavía muy impura. Para ser estrictamente justa habrá de contar con la aprobación y el consenso de los gobernados. No puede ejercer más derecho sobre mi persona y propiedad que el que yo le conceda. El progreso desde una monarquía absoluta a otra limitada en su poder, y desde esta última hasta una democracia, es un progreso hacia el verdadero respeto por el individuo. Incluso el filósofo chino fue lo suficientemente sabio como para considerar que el individuo es la base del imperio. Una democracia, tal como la entendemos, ¿es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante hacia el reconocimiento y la organización de los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del que se derivan su propio poder y autoridad y lo trate en consecuencia. Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera de él, sin interferir con él ni acogerse a él, tan sólo cumpliendo con sus deberes de vecinos y amigos. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para otro Estado más perfecto y glorioso, pero todavía no lo he vislumbrado por ninguna parte.

Edición de texto: Andrés Ruiz

Se profundiza la marginación de indígenas mexicanos


Se profundiza la marginación de indígenas mexicanos

El presidente Vicente Fox señaló durante su programa de radio de este sábado que para su gobierno "ha sido de la más alta prioridad atender las necesidades más urgentes de los pueblos indígenas". El mandatario destacó, con motivo del Día Internacional de los Pueblos Indígenas que se celebró el pasado 9 de agosto, que durante su gestión se ejerció el presupuesto más grande de la historia para atender a los pueblos indios, de unos 40 mil 863 millones de pesos. Pese a tales cifras, la realidad es que muy poco ha mejorado la condición de vida de las etnias mexicanas, que viven aún en grave marginación.

El panorama es desalentador. De acuerdo con datos proporcionados por la misma Xóchitl Gálvez, quien encabeza la Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, 83.7 por ciento de la población autóctona de México carece de acceso a servicios básicos de salud y agua, es decir, una de cada cinco viviendas no tiene electricidad, en siete de cada 10 casas el drenaje sanitario no existe y 40 por ciento de los indígenas no tiene garantizado el acceso a agua potable, lo que genera innumerables problemas de salud. En este contexto, no es raro que los pueblos indos registren un alto grado de mortalidad infantil.

Las carencias se multiplican en las zonas indígenas, de norte a sur del país. Otro ejemplo es la educación: de cada 100 niños sólo 24 terminan la primaria, y alrededor de siete llegan a matricularse en instituciones de nivel medio o técnico. La población indígena sin instrucción elemental triplica el promedio nacional, debido en gran parte a la falta de escuelas en regiones donde viven, lo que revela el grado de marginación al que son expuestos los miembros de estas comunidades. En este sentido, ¿de qué sirve triplicar ­como señaló Fox­ el presupuesto para los pueblos indios si no se cubren siquiera las necesidades básicas de los mismos?

Además de sufrir la carencia de infraestructura vital para su desarrollo, la población indígena es víctima de abusos y violaciones a sus derechos humanos. En materia legal, por citar un aspecto, padece irregularidades continuas. Por citar un caso: todo indígena sometido a algún proceso legal tiene el derecho de contar con un traductor proporcionado por el Estado, sin embargo, en los hechos esa garantía no se ejecuta debido a la discriminación e ignorancia por parte de las autoridades, como aseguró René Ramírez, presidente de la Organización de Traductores e Intérpretes Interculturales y Gestores en Lenguas Indígenas, en entrevista con este diario.

Por si fuera poco, los indios son objeto de abusos cotidianos que pasan inadvertidos para la gran mayoría de los mexicanos. En una muestra de estos actos, el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas denunció el viernes pasado un violento desalojo contra 30 familias choles de Tumbalá, Chiapas. Si bien la ONG exigió investigar y fincar responsabilidades por dicho acto, es probable que esa petición termine donde han acabado otras similares: en el olvido.


Toda esta situación no es ajena a la falta de reconocimiento de los derechos y la cultura de los pueblos indios. No hay que olvidar que en 2001 el actual gobierno federal y el Congreso perdieron la oportunidad de aprobar una reforma indígena de gran envergadura, que habría favorecido mejores condiciones para las etnias. En su lugar, aprobaron una ley insustancial e inútil.

Es claro que las autoridades ­tanto estatales como federales­ tienen una obligación histórica que no han cumplido: apoyar con acciones concretas y reales el desarrollo de los pueblos indígenas. La tarea es enorme, pero posible si existe la real voluntad para llevarla a cabo.

La realidad se impone y el tiempo se acaba. En el México profundo, las etnias mexicanas están cada día más hundidas en la miseria y necesitan urgentemente de toda la sociedad ­incluidos los tres poderes de la Unión­ para salir de ella. Sólo así será posible que algún día los indígenas tengan el lugar que merecen en el país, no con cifras alegres y celebraciones artificiales.


Editorial de "La Jornada"; Domingo 13 de agosto de 2006

México: El movimiento por la dignidad ciudadana

Por Gilberto López y Rivas

Por su firmeza, congruencia, imaginación, abnegación y capacidad organizativa, el movimiento popular contra el fraude y la imposición de un presidente espurio y en favor de los derechos democráticos ciudadanos rebasó a todos los actores políticos del país, incluyendo a los partidos de la izquierda institucionalizada y a la otra campaña. A más de un mes de las elecciones y con la certeza de un fraude electoral -orquestado y consumado desde las estructuras mismas del Instituto Federal Electoral (IFE), con la intervención especializada de las huestes de la dirigente magisterial Elba Esther Gordillo y sus avispados discípulos en Acción Nacional-, este movimiento no tiene visos de desgaste o mengua y, por el contrario, enfrenta con éxito, incluso entusiasmo, las estrategias gubernamentales, la satanización mediática, empresarial y eclesiástica, la intelectualidad sistémica, las agresiones, infiltraciones y provocaciones, los naturales desacuerdos internos e, incluso, las deslealtades y omisiones de uno que otro funcionario y representante popular electos de la coalición Por el Bien de Todos, para quienes la resistencia cívica es un estorbo en el futuro desempeño de sus importantes funciones públicas o tareas legislativas.

Con la sabiduría que otorgan la experiencia traumática de más de 70 años de régimen priísta, una transición democrática y reforma del Estado frustradas, una democracia tutelada por los grandes intereses corporativos y grupos delincuenciales, el movimiento popular no tiene la menor confianza en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Su resolución inicial, el recuento de 9.07 por ciento de las casillas de votación, expresa la rutinaria, burocrática y limitada interpretación de las leyes y la Constitución, en un país en donde magistrados y jueces adecuan el derecho y la administración de justicia a las necesidades y exigencias de los poderosos. Resultó grotesco escuchar al presidente magistrado del tribunal en su alocución final referirse al concepto jurídico de certeza, cuando las profusas pruebas de la defraudación, dolo, irregularidades, errores aritméticos y programas electrónicos arreglados a modo de los delincuentes electorales son de dominio público. La primera sesión del tribunal fue una lamentable demostración de la necesidad imperiosa de transformar a fondo todo el andamiaje jurídico de la República y la composición del Poder Judicial, con base en un cambio de rumbo con orientación popular en el sistema de hegemonía de la nación mexicana.

También, en los campamentos de la resistencia existe una justificada desconfianza en el conteo iniciado el miércoles pasado, dada la eventual manipulación previa de los paquetes por los funcionarios del IFE y la no descartada intervención de mapaches profesionales que cuadran cifras y sustituyen actas y documentos. La coalición, por su parte, aceptó participar bajo protesta en el nuevo conteo, en el entendido de que ahora sí no descuidarán ninguna de las casillas ni confiarán en las supuestas vocaciones democráticas e imparcialidad de los magistrados y jueces federales que dirigen y supervisan todo el proceso, ¡la iglesia en manos de Lutero!
Los medios de comunicación masiva, particularmente los televisivos, radiales y algunos de la prensa escrita han perdido toda legitimidad frente a millones de mexicanos. Como resultado, estos medios no sirven de mucho al poder establecido para las tareas de manipulación y deformación de la opinión pública. La histeria, simplificación y el maniqueísmo de locutores, conductores, editorialistas y, en suma, sicarios de la información, han producido un efecto inverso a sus pretensiones de ganar adeptos a la causa del orden, el estado de derecho y la lucha contra los violentos y renegados.

En el campo de la derecha las cosas no van bien. Su candidato no convence ni a sus propios seguidores y dirigentes partidarios, que en lugar de respaldarlo, prefieren irse de vacaciones, eso sí, de naturaleza muy recatada y religiosa. El bajo perfil político, intelectual y moral de quienes rodean a Calderón y sus conexiones directas con El Yunque y otros agrupamientos confesionales, así como los apoyos solícitos de las mafias sindicales, dan una idea de lo que sería el gobierno en caso de que se imponga el golpe de Estado técnico que pretenden consumar con el fraude y la presidencia espuria. Por ello, los grandes electores no descartan la posibilidad de la presidencia interina, cuyo titular sería nombrado por la mayoría cómplice de lo que queda del PRI y el PAN. Con el interinato consideran que se podría desactivar el movimiento popular, reagruparse, realizar las ansiadas reformas estructurales que Vicente Fox no pudo efectuar del todo y enfrentar una nueva elección de Estado en mejores condiciones de consenso y "gobernabilidad".

Muchos se preguntan acerca de lo que piensan los miembros de las fuerzas armadas en torno a la coyuntura política, que en un país como el nuestro son tema tabú y fuera del control y escrutinio de la sociedad y el Congreso de la Unión. Los transportes militares con civiles de indumentarias y apariencias de "estudiantes", "campesinos" y "tercera edad" son una demostración de que la sección segunda de la Secretaría de la Defensa Nacional recaba datos claves sobre el movimiento democrático popular, sin cuidar las formas de discreción que suponen sus labores de inteligencia. Ojalá que esta información no sea para otro baño de sangre como el que llevaron a cabo contra los movimientos populares del pasado, con su secuela de asesinados, desaparecidos, presos y torturados. Fortalecer el movimiento popular es clave para triunfar en esta lucha por el rescate de la nación y la dignidad ciudadana.

Saturday, August 12, 2006

La debilidad de los pacíficos


La debilidad de los pacíficos
Por Denise Dresser

"La fuerza de los pacíficos", dice Felipe Calderón. Una y otra vez. Repitiendo sin cesar palabras que también contribuyen a polarizar. Actuando como si su partido monopolizara la virtud cuando está lejos de hacerlo. Colocando a la población en los compartimientos que le convienen y desdeñando a quienes se rehúsan a ocuparlos. Evidenciando todo lo que no entiende. El país complejo, diverso, de ricos y pobres, de personas que lo apoyan y de millones que no lo hacen, de quienes creen en la legalidad y de quienes dudan de su existencia, de aquellos que ya votaron y de aquellos que exigen constatar si el país lo hizo limpiamente. Las demandas legítimas. La inviabilidad del status quo. Los agravios acumulados. Los deseos de cambio profundo. Y ante esa realidad, un "presidente electo" que insiste en más de lo mismo.

Más de los mismos spots que tantas divisiones causaron. Más de las mismas posturas complacientes que tanta animadversión generaron. Más de las mismas alianzas tácticas con el PRI que tan contraproducentes resultaron. Más del rechazo al recuento que el 70% de la población apoya. Como si los resultados de la elección no fueran un serio llamado de atención. Como si con tan sólo una decisión favorable del Trife, la partición del país fuera remontable. Como si la descalificación a quienes votaron por AMLO fuera suficiente para neutralizarlos. Como si el decir "México ya votó" fuera suficiente para eliminar las dudas que López Obrador ha logrado sembrar. Como si apelar a la ley fuera suficiente para que todos los mexicanos pudieran confiar en su aplicación. Así actúa hoy Felipe: asumiendo una posición de "fuerza" que revela su gran debilidad.

En las últimas semanas, las críticas se han centrado en el comportamiento de López Obrador y con razón. Pero su adversario también las merece. Con las palabras que pronuncia y las posiciones que asume, Calderón coloca sal sobre las heridas en lugar de contribuir a su cicatrización. Manda un mensaje de continuidad, cuando millones la han cuestionado. Sugiere que es necesario preservar las reglas de juego económico y político, cuando millones las han rechazado. Argumenta que es indispensable defender a las instituciones, cuando -con la excepción de aquellas que se han creado o reformado como IFE, el Trife, la Suprema Corte y el IFAI- muchas no existen para representar ciudadanos, sino para exprimirlos. Desde el 2 de julio, Calderón se dedica a defender al sistema existente, en lugar de plantear opciones significativas para su remodelación.

Y quienes lo acompañan actúan de la misma manera. Los legisladores panistas vacacionando en un hotel de lujo en la Riviera Maya. Josefina Vázquez Mota volando en un avión privado a Monterrey, con el objetivo de recaudar fondos para la campaña mediática contra López Obrador. Televisa ignorando la marcha en la que se anuncia el plantón, e intentando tapar el sol pantalla tras pantalla. Rubén Aguilar burlándose de AMLO y todos los que votaron por él. Vicente Fox usando un desplegado de intelectuales que piden una solución institucional, para apoyar políticamente a su candidato. Marta Sahagún amenazando al legislador que investiga a sus hijos y las fortunas que han logrado acumular. Todos actuando como siempre, cuando los resultados de la elección sugieren que ya no es posible. Que ya no es deseable. Que ya no es factible. Que será necesario gobernar de otra manera, compartir el poder de otra manera, entender la democracia de otra manera.

Pero la alianza panista con Elba Esther Gordillo subraya que Felipe Calderón piensa hacerlo igual. De la mano con una de las partes más podridas del PRI. Una mujer para quien la política es siempre acuerdos en lo oscurito, telefonemas secretos, negociaciones turbias, chantajes indecibles. Alguien cuya sola existencia explica la baja calidad de la educación en México, y la dificultad para reformarla. Alguien que siempre ha usado a la política no para representar, sino para extraer. Alguien que siempre ha visto al sindicato no como un vehículo de colaboración colectiva, sino como un instrumento de control personal. Movilizando a los maestros cada vez que quiere y lográndolo el día de la elección. Llamando a Felipe Calderón "presidente electo" porque ella ha asegurado que lo sea. La mujer que contribuyó a colocarlo a un par de pasos del trono, y ahora querrá compartir las llaves del reino.

Y allí está Felipe apostando a la colaboración con los peores de siempre -Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa- a la espera de sacar, ahora sí, las reformas. Felipe Calderón ni siquiera ha llegado a Los Pinos y ya ha transmitido la imagen de cómo será cuando llegue allí. El presidente de los intereses creados, de las televisoras protegidas, de los sindicatos apapachados, de los monopolios privados. El que para ganar se ha aliado con todos ellos. El que ya aseguró que seguirán produciendo como producen; controlando como controlan; repartiéndose el pastel como se lo reparten. Impasible ante el resentimiento; impávido ante las demandas; desdeñoso ante las dudas sobre la elección; pensando que bastarán 10 puntos para apaciguar al sur del país; rechazando contar los votos cuando le resultará difícil gobernar si no se examinan otra vez

Decía Lyndon Johnson que la tarea más difícil para un presidente no es hacer lo que es correcto, sino saber lo que es correcto. Y Calderón parece no saberlo. Insiste en dividir al país en los pacíficos y en los violentos, en nosotros los buenos y ustedes los malos, en los ciudadanos que ya votaron y los que no tienen derecho a confirmar que sus votos se contaron bien. Al actuar de esa manera dinamita los espacios comunes antes que contribuir a su reconstrucción. Ahonda las divisiones que la elección ha revelado en lugar de ayudar a su superación. Demuestra que no entiende a los que apoyaron a AMLO y las esperanzas legítimas de una vida mejor que depositaron en él. Aprovecha los errores estratégicos de López Obrador para cerrar los ojos ante la causa necesaria que defiende.

Y Calderón dice ahora: "La mejor defensa contra los males que México ha superado y ha dejado en el pasado, son las instituciones construidas con paciencia y las leyes que regulan por parejo a todos". Lo afirma de manera categórica cuando México no ha superado gran parte de sus males; cuando las instituciones no funcionan para muchos mexicanos; cuando las leyes se aplican de manera dispareja para personajes privilegiados como Arturo Montiel y Mario Marín y Carlos Romero Deschamps, entre tantos más. Calderón lo afirma y subraya qué poco conoce al país, qué poco ha aprendido de la elección, qué pequeña es su capacidad política ante el tamaño del reto que tiene enfrente. El líder de los pacíficos, predicando a sus conversos y alienando aún más a quienes no lo son. ?



Prevé el PRD vuelco en resultado; hasta ayer, 132,206 votos alterados.
Si ante las irregularidades el TEPJF anula las casillas que mandó abrir, gana AMLO: la coalición.
No son "pequeños errores humanos", como dice Calderón, sino variaciones sustantivas, advierte:


http://www.jornada.unam.mx/2006/08/12/003n1pol.php





Cota: se ha hallado 60% de anomalías; es exigible el recuento total de sufragios.
Encuentran en Jalisco al menos 2 mil 300 votos de más en favor de Calderón.
Aparece en Durango paquete electoral totalmente vacío, de casilla donde ganó el PAN:


http://www.jornada.unam.mx/2006/08/12/007n1pol.php






La Corte, facultada de oficio para intervenir: Góngora
No sé si va a aplicar el artículo 97 constitucional, acepta
La última vez que se usó fue en el caso de Lydia Cacho
Se han desechado planteamientos de violación del voto, dice
:


http://www.jornada.unam.mx/2006/08/12/006n1pol.php

Las consecuencias de la privatización del agua

Las consecuencias de la privatización del agua


El agua es un codiciado recurso natural que tanto gobiernos como grandes empresas se están disputando. Incluso Naciones Unidas ha alertado que las guerras del futuro podrían tener como motivo principal el acceso a las fuentes de agua. Sin embargo, en México las autoridades han preferido dejar este importante sector en manos de grandes compañías, que en vez de proteger este recurso y administrarlo con eficacia han optado por explotarlo indiscriminadamente en pos de un desmedido afán de lucro, como ha quedado demostrado con el caso de la reserva protegida de Cuatrociénegas y valles aledaños, cuyos mantos acuíferos están en peligro de desaparecer a manos de la empresa lechera Lala.

El titular de la Comisión Nacional del Agua, Cristóbal Jaime Jáquez ­quien antes de asumir este cargo fungió como gerente de Lala­, autorizó a esta compañía explotar 250 pozos en Cuatrociénegas, de los cuales 50 comenzaron a funcionar en marzo pasado. De acuerdo con la investigadora Valeria Souza, del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México, desde entonces los mantos acuíferos de la zona se han reducido en 70 por ciento debido a que la empresa requiere mil litros de agua en invierno y 10 mil en verano para producir tan sólo un litro de leche.

Si bien queda claro que la decisión de Jaime Jáquez de otorgar estas concesiones es cuestionable, por todos los daños que está provocando la sobrexplotación de los mantos acuíferos, y se presta a muchas interpretaciones, por haber favorecido a sus ex patrones, hay que señalar que esa determinación se inscribe dentro de la política privatizadora del agua iniciada desde 1992, durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), e impulsada con firmeza por la administración del presidente Vicente Fox.

Dicha política, que sigue a la letra los lineamientos del Banco Mundial sobre este recurso, se basó en primera instancia en la Ley de Aguas Nacionales de 1992, la cual fue reformada y aprobada por el Congreso de la Unión en 2004. Los efectos reales de esa legislación han consistido en un incremento de los pagos que los consumidores deben hacer a las empresas encargadas de proveer el líquido, en la eliminación de los subsidios gubernamentales al sector y en la privatización de la infraestructura y suministro del recurso. Además, durante este proceso se ha excluido a la población de la toma de decisiones sobre las políticas y la gestión del agua, las cuales han sido trasladadas a las grandes empresas, creando así un monopolio empresarial del sector y enajenando un bien público.

Esta situación de privatización también se presenta en La Laguna, Coahuila, donde ganaderos y grandes productores de forraje se han adueñado de pozos y norias: los campesinos de los ejidos de la zona han vendido o rentado los derechos de agua concedidos desde 1936 por el entonces presidente Lázaro Cárdenas, por lo que han perdido el control sobre estos recursos. Ello ha permitido que 74 por ciento de las tierras privadas sean regadas con agua de los mantos acuíferos, lo que se agrava con la existencia de más de 500 pozos ilegales, aunque las autoridades estatales afirman que tan sólo son tres los pozos irregulares.

Asimismo, la corrupción ha permitido la sobrexplotación de los mantos: en 1997 se autorizó la extracción de 600 millones de metros cúbicos de agua, pero en realidad se extrajeron más de 973 millones. Esta sobrexplotación también ha originado la contaminación de pozos, ya que al disminuir la cantidad de líquido en los acuíferos subterráneos es necesario perforar a una mayor profundidad para obtener el recurso, muchas veces de mala calidad y contaminado con arsénico, sulfatos, sodio y calcio, un peligro que aumenta con la construcción de presas y el recubrimiento de canales, que bloquean el ciclo natural de recarga de los mantos.

En resumen, este panorama es producto de la falta de una estrategia nacional del agua que proteja este recurso, que garantice su suministro a quienes lo necesitan y que evite su despilfarro por la codicia e irresponsabilidad de grupos de poder económicos: la adecuada administración del líquido es ya una cuestión de seguridad nacional.


Editorial del diario "La Jornada"; Sábado 12 de agosto de 2006

Friday, August 11, 2006

Cambios en el IFE

Cambios en el IFE
Por José Gil Olmos

El IFE de Luis Carlos Ugalde mintió y ahora tendrá que pagar las consecuencias. Su renuncia y la de los demás consejeros es lo que menos se espera, pues las elecciones no fueron limpias e impolutas como lo afirmaron los consejeros electorales, quienes echaron a la basura el crédito de esta institución clave en el desarrollo democrático nacional.

La resolución del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación de abrir el 9% de las casillas para revisar las irregularidades en la elección presidencial es un revés al IFE y un virtual emplazamiento para cambiar a todos sus consejeros por su pésimo desempeño.

A lo largo de todo el pasado proceso electoral que culminó el 2 de julio, los nueve consejeros del IFE, empezando por el presidente Luis Carlos Ugalde, cometieron en una serie de pifias e irresponsabilidades que pusieron en duda el resultado de la elección presidencial.

Cuestionados desde su nombramiento por las estrechas ligas con personajes como Elba Esther Gordillo, a lo largo de la organización del proceso electoral los consejeros fueron mostrando serias deficiencias para enfrentar lo que desde entonces ya se preveía como la elección más difícil de los últimos años.

Primero fueron criticados por sus escasos argumentos para defenderse de las voces que los acusaban de estar vinculados a intereses de particulares o de partidos. Luego fueron incapaces de evitar sospechas de favorecer a uno de los candidatos cuando se presentaron las denuncias de que el gobierno federal hacia campaña en favor de Felipe Calderón al promocionar los programas sociales mediante lemas de propaganda similares al del candidato presidencial panista.

Más tarde se vieron achicados cuando se les pidió que detuvieran al presidente Vicente Fox en sus declaraciones en contra del candidato de la coalición Por el Bien de Todos, Andrés Manuel López Obrador, así como en la campaña, a todas luces ilegal, de los empresarios en contra del tabasqueño y en favor de Calderón. Pero su peor desempeño fue la noche del 2 de julio, cuando en lugar de dar certeza y legalidad a la elección presidencial cometieron errores gravísimos en el manejo del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) al utilizarlo como instrumento de validez para la victoria de Calderón, saltándose la facultad única que tiene el Tribunal Electoral de calificar la elección.

Para el colmo de males, negaron que hubiera irregularidades en la elección presidencial; y en una estrategia deficiente y costosa de medios se pusieron como defensores implícitos de Calderón al renunciar a su papel institucional y atacar la campaña que en su contra había iniciado el PRD.

No obstante su papel tan criticado en la organización del proceso electoral, de los errores cometidos el 2 de julio, de las sospechas de sus relaciones con el PAN a través de la empresa Hildebrando, propiedad de Diego Zavala, cuñado de Felipe Calderón, y de las denuncias de su estrecha relación con la profesora Gordillo, el consejero Luis Carlos Ugalde y sus compañeros del IFE recibieron un cuantioso bono que fue tomado como una burla, a pesar de que la ley lo permite.

En medio del conflicto postelectoral el IFE es la institución que más ha perdido, a pesar de los esfuerzos de dos de sus exintegrantes en defenderlo, el expresidente del Instituto, José Woldenberg, y su exasesor Lorenzo Córdova, quienes no paran en disculparlos en diversos programas y noticieros de Televisa.

¿Cómo defender a la institución si sus integrantes son cuestionados por su incapacidad, parcialidad y permisividad a cometer errores que parecen formar parte de una estrategia en favor de Felipe Calderón?¿Cómo mantener a nueve funcionarios electorales que desecharon todas las pruebas que se presentaron de irregularidades en el desarrollo de los comicios del 2 de julio y que en sus alegatos le daban la razón al PAN y a su candidato presidencial?

¿Con qué crédito se pueden mantener Ugalde y su equipo cuando en plena organización del proceso electoral recibió un crédito de vivienda por parte del ISSSTE que manejaba Benjamín González Roaro, hombre cercanísimo a Elba Esther Gordillo?

¿De qué manera se puede mantener al responsable de la dirección de Comunicación Social, Gustavo Lomelí, luego de todos los problemas que ha ocasionado la pésima estrategia de prensa que ha desarrollado, concentrada más en defender a Ugalde que en la institución electoral?

¿Bajo qué argumentos se puede defender al responsable de la Dirección Ejecutiva de organización electoral, Miguel Ángel Solís, cuando ya hay revelaciones de su cercanía con Elba Esther Gordillo y de que al menos 50 por ciento de la estructura nacional del IFE está montada sobre el SNTE, con los efectos consabidos?

Todos estos cuestionamientos a los altos funcionarios del IFE ya son tomados en cuenta por el PRI y el PRD para que al inicio de la próxima legislatura puedan emprender un juicio político en su contra y sean sustituidos por nuevos consejeros capaces de organizar la elecciones intermedias del 2009, cuando se renovará la Cámara de Diputados.

Por vergüenza los consejeros y algunos funcionarios del IFE deberían renunciar de motu propio y no esperar a que sean puestos en el banquillo de los acusados, señalados como responsables de dañar a esta institución que ha costado años de lucha ciudadana.

Tuesday, August 08, 2006

Carta de AMLO a los mexicanos. 8 de Agosto de 2006.

Carta de AMLO a los mexicanos.
8 de agosto de 2006
Como es del conocimiento de ustedes, luego del 2 de julio iniciamos acciones de resistencia civil pacífica para hacer valer el voto ciudadano y la democracia, ante la intención de nuestros adversarios de imponer al candidato del PAN en la Presidencia de la República.

Estas acciones han provocado molestias a mucha gente, sobre todo, a quienes pierden más tiempo en sus traslados por la instalación de campamentos en el Zócalo y en las calles de Madero, Juárez y el Paseo de la Reforma.

Así como ofrecemos sinceras disculpas a quienes se ven afectados, también decimos que nuestros adversarios han echado a andar en los medios de comunicación una campaña de desinformación y de linchamiento, dejando de lado, de manera hipócrita, la verdadera causa del problema. Se han dedicado, únicamente a cuestionar las acciones que llevamos a cabo, pero callan sobre el fondo del asunto.

Por eso me dirijo a ustedes para darles a conocer, de manera directa, nuestros argumentos y razones:

En la pasada elección presidencial, realmente, nos enfrentamos a un grupo muy poderoso de privilegiados, que son los que verdaderamente mandan en México.

Para ellos, nuestro proyecto alternativo de Nación es inaceptable. No quieren, por ningún motivo, que haya un cambio en la actual política económica y, mucho menos, que se procure el bienestar de la mayoría de los mexicanos.

Este grupo de intereses creados hicieron todo para impedir nuestro triunfo. Pero ni la manipulación, ni la guerra sucia, ni el dinero les permitieron ganarnos limpiamente. Por eso tuvieron que recurrir el día 2 de julio a la falsificación de actas y alterar burdamente los resultados.

Aunque la campaña en contra versa sobre nuestra terquedad e intransigencia, lo cierto es que desde el principio hicimos una propuesta mínima, sencilla y racional, para salir del conflicto en el que nos metieron. Inclusive, en una carta le plantee al candidato del PAN que, si aceptaba el recuento de todos los votos y él salía triunfador, nosotros íbamos a dejar de convocar a movilizaciones.

Sin embargo, nuestra propuesta de voto por voto, casilla por casilla, ha sido rechazada. Actualmente, el Tribunal, sólo aceptó abrir el 9 por ciento de las casillas a pesar de que presentamos pruebas de irregularidades o errores aritméticos en 72 mil actas de escrutinio.

Lo cierto es que no aceptan la propuesta de transparentar el proceso electoral porque el candidato del PAN no ganó la elección presidencial y ellos lo saben. El que nada debe nada teme. Lo más lamentable es que quieren imponerlo a como dé lugar.

Ante esta situación, como se comprenderá, no podemos quedarnos con los brazos cruzados, tenemos la obligación de defender la democracia y todo lo que ello implica.

La verdad es que no queremos dañar a nadie, pero nos han obligado a hacer uso de nuestros derechos ciudadanos y llevar a la práctica acciones de resistencia civil pacífica.

Permitir la imposición significa aceptar que la democracia es una farsa y que unos cuantos van a seguir decidiendo, de acuerdo a sus intereses y conveniencia, el destino de la mayoría de los mexicanos. En el fondo, quieren que aceptemos sin chistar la desigualdad, la pobreza, el desempleo, la migración, los salarios de hambre, el cierre de espacios para los jóvenes en universidades públicas, la aprobación del IVA en alimentos y medicinas, la privatización de la seguridad social, de la industria eléctrica y del petróleo; y permitir que den el golpe definitivo a millones de productores con la libre importación de maíz y fríjol del extranjero. En fin, con la imposición no habrá remedio para los males de muchos mexicanos.

Por eso me dirijo a ustedes, para explicar nuestras razones. No importa que no hayas votado por mí o que no estés de acuerdo con nosotros, queremos que conozcas, de manera directa, nuestro punto de vista. Y si compartes nuestra manera de pensar y de ser, ayúdanos a dejar a salvo la democracia, que para muchos mexicanos es un asunto de sobrevivencia.

Si quieres y si puedes, te invito a la asamblea extraordinaria que llevaremos a cabo el domingo próximo, a las 11 de la mañana, en el Zócalo de la Ciudad de México.


Un saludo fraterno,


Andrés Manuel López Obrador
Candidato a la Presidencia de la
República de la Coalición Por el Bien de Todos

Entre la hipocresía y el cinismo


Entre la hipocresía y el cinismo
Álvaro delgado


Parece una paradoja: Desde la noche misma del 2 de julio surgieron, en alto número, asesores oficiosos de Andrés Manuel López Obrador para encomiarle, primero, haber puesto la pobreza en la agenda del país y luego, tras la protesta en el Zócalo y en el Paseo de la Reforma, solicitarle deponer esa conducta que mina su patrimonio político y, ahora, le sugieren mirar como triunfo suyo la revisión del puñado de casillas ordenada por los jueces y conformarse.

Vaya, hasta Felipe Calderón le concedió ayer domingo 6 que el sistema electoral ya tronó --“muestra signos de agotamiento”--, y planteó a los legisladores de su partido, en un alarde de visión de Estado, emprender una nueva “reforma política” y la transformación de todas las instituciones del país “que hacen posible la relación entre poderes y la convivencia entre los mexicanos”.

Los asesores oficiosos imparten, desde sus atalayas en los medios y desde el PAN, lecciones de urbanidad a López Obrador quien, de no acatarlas, acredita que es efectivamente un “peligro para México”, un monstruo de apetitos de poder insaciables, de gran destreza manipuladora de masas ciegas --y a sueldo, por supuesto--, contumaz violador de la ley, destructor de instituciones y hasta fabricante de granizos para las trombas.

Tamaña lucidez no sólo proviene de la nomenclatura exquisita de México, a menudo atenida al erario --en realidad a los erarios, porque la manutención se consigue en estados y municipios--, sino de locutores de espectáculos transformados en repentinos analistas políticos, que repiten conmovedoras proclamas contra los “nacos” que afean el “corazón de México”. Y en este lance de decencia y buenas costumbres no dudan en lanzarle flores al pedestal en que levantaron el bronceo monumento de Cuauhtémoc Cárdenas –“¡cómo ha cambiado el ingeniero!”--, a quien no hace mucho asociaban al demonio en que se ha convertido hoy López Obrador, “su hechura”, dice una expresión de los políticamente correctos, esos ejemplares de la nomenclatura --y sus jilgueros-- que se hacen pasar como los faros del país.


Los juiciosos guías de la nación adjuntan a sus proclamas diversas iniciativas para conjurar la guerra, como vestir de blanco y portar moños del mismo color, encender los faros del auto, donar artículos de limpieza y alimentos a orfanatos, asilos y parroquias, pero también el “diálogo” inmediato y la inobjetable mano dura para poner en su lugar a los revoltosos.

Se trata, en realidad, del lenguaje de los hipócritas, los que ven en la transa cupular la única vía civilizada para compartir el poder, así sea espurio; los que creen que la “izquierda moderna” debe consagrarse incondicionalmente a participar en el sistema de privilegios; los que niegan el igualitarismo por antinatural y ven el sometimiento como fatalidad; los departen con patrocinadores para transmitir sus certeros juicios; los que ven el uso del lenguaje regional como antítesis de un cosmopolitismo rabón.

En fin, lo que descubren que la miseria atormenta a más de la mitad de los mexicanos, pero no admiten la osadía de dejarse obnubilar por un “loco” inescrupuloso, un “Mesías” que los usa como carne de cañón, que no se atiene a la ley y a las instituciones que “con tanto sacrificio hemos construido todos”.

En efecto, no es admisible la manipulación ni el engaño; es repugnante desacatar leyes e instituciones, sobre todo por parte de quienes las deben hacer valer; es oprobiosa la arbitrariedad de unos cuántos sobre la mayoría; ofende la amnesia y la sinrazón. Pero hay que decir las cosas con claridad, sin desgarramiento de vestiduras: El orden constitucional, que garantiza el ejercicio de las diversas libertades, no ha sido roto por la indignación de mexicanos que --legítimamente-- protestan por haber sido ultrajados, con razón o sin ella, en la emisión de su voto.

Sin la histeria de la propaganda, que se reproduce como tormenta en el grueso de los medios de comunicación, particularmente audiovisuales, la inconformidad o conformidad con el resultado electoral sigue su marcha por las vías constitucionales tratándose de un proceso político.

Tan legítimo es protestar en las calles, aun con el taponamiento del Paseo de la Reforma --que a quienes vivimos aquí no nos gusta--, como que Calderón se reúna con toda suerte de prosélitos o aliados --haciéndose pasar como si estuviera ya investido de jefe de las instituciones nacionales--, entre ellos con quienes cometen descarados desafíos a la ley.

¿Es justificable que Elba Esther Gordillo usurpe facultades del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) para proclamar “presidente electo” a Calderón, y que él mismo lo exija --con insolencia-- ante los magistrados, a pesar de que se dice respetuoso de las leyes? ¿Son legítimos y democráticos los amagos del presidente Vicente Fox de “no jugar con fuego” y corresponder con insolencia a ciudadanos que actúan de manera análoga?

¿Son equiparables los conflictos en la Ciudad de México y los de Oaxaca con los del sindicato minero por el que han muerto mexicanos que valen igual que cualquier otro mexicano? ¿Son más peligrosos los mexicanos que protestan, como lo hicieron legítimamente por décadas los panistas, a los criminales del narcotráfico? ¿Son encomiables los cierres de carreteras y del aeropuerto de Silao, Guanajuato, por parte de Fox, en 1991, y repugnantes los campamentos en el Zócalo y Reforma?

Y si, en efecto, las acciones que llevan a cabo los simpatizantes de López Obrador --y aun él mismo-- conspiran contra el orden constitucional, entonces la autoridad facultada, el secretario de Gobernación, Carlos Abascal, debe proceder contra ellos, en vez de reunirse --en horario laboral-- con diputados y senadores de su partido, como lo hizo hoy lunes en Querétaro.

Hay que dejarse de hipocresías e imposturas, de descaros y cinismos, porque existe en México un problema político profundo que rebasa las proclamas de triunfo de uno y otro lado: Los que no votaron por uno son casi exactamente los mismos que no optaron por el otro, incluyendo a los abstencionistas.


Por ahora el TEPJF ha resuelto volver a escrutar y contar sólo casi 12 mil casillas, cancelando la solicitud de la coalición Por el bien de Todos, y hubo un mitin frente a las instalaciones de ese órgano. ¿Y qué? ¿O es que ya se le olvidó a los mexicanos, a todos, no solamente a quienes votan por una u otra opción que los avances democráticos han resultado de protestas, algunas de ellas violentas? ¿Ya cundió la amnesia de que sólo a partir de manifestaciones, civiles y pacíficas, se repararon arbitrariedades cometidas desde el poder, como en Guanajuato, en 1991, que es el origen de Fox y del PAN en el poder, o la destitución de Fausto Zapata en San Luis Potosí, gracias a la movilización del íntegro doctor Salvador Nava?

Dicho de otro modo, ¿para qué entonces Calderón plantea una nueva reforma política que sustituya al modelo electoral actual que “muestras signos de agotamiento”? ¿Es una iniciativa sincera o una muestra de hipocresía y cinismo sólo para dejar de ser un corcho en medio del océano?

En México tenemos un problema mayúsculo, y no es con hipocresías como saldremos de él. Urge una auténtica “purificación de la vida nacional”, que por cierto no es una frase de López Obrador, es de Daniel Cosío Villegas, a quien Enrique Krauze debería volver a leer, si es que se dice su discípulo, porque padece de amnesia. Esto dijo sobre López Obrador en vísperas de las elecciones del año 2000: “Ahí está apuntando un líder nuevo en México: Es un tipo serio sin ser solemne, un tipo que habla claro y comunica bien, sin retóricas y sin rebuscamientos. Es un hombre evidentemente honesto, derecho, y que representa para la izquierda una alternativa muy importante de renovación. Me parece que él representa el embrión de una izquierda nueva que México necesita muchísimo.”Tal cual.

Apuntes

Insisto: sin hipocresías ni cinismos.